Tarde de deseo

Nos conocimos en una reunión de chicas, organizado para conocer gente y ampliar la red de contactos. De entre todas ellas, la escogí a ella. Algo tímida. Me recordaba a mí misma, hacía unos años. Tenía una cara muy dulce, sonreía todo el tiempo.  Se veía que era una niña buena. Cruzamos nuestras miradas y empezamos a hablar y  conocernos. Lo supe desde el principio, aquella no era una conexión sexual, pero tampoco la tuve con mi última novia y, después, nos fue bastante bien en la cama. Al menos, al principio.

Me fijé en ella voluntariamente, porque quise ver más allá y no dejarme llevar por la atracción pura y dura.  Me cayó bien, era una buena chica, encajaba bien conmigo, coincidimos en muchas cuestiones, teníamos muchos gustos e intereses en común. Aquel primer encuentro fue discreto. Ella me estuvo dirigiendo miradas, disimuladas, que yo descubría cuando la miraba de repente. Reconozco que eso me gustó. Y al despedirnos, por suerte para mí, nos quedamos solas.

Aprendí de mi amiga Laena a ser directa, pues de nada sirve andarse con rodeos más que para perder el tiempo.  Así que le dije que me había gustado y si quería quedar de nuevo, nosotras solas para, conocernos más. Ella accedió y me dio su teléfono. Ese fue el principio. Nuestro principio.

Nora y yo empezamos a salir. Mis sospechas se confirmaron. Era perfecta. Buena persona, buena amiga, buena novia. Atenta y cariñosa. Inteligente. Con inquietudes. Con buen talante. Sin exigencias. De buena voluntad. Adaptable. Fiable. Una chica para toda la vida.

Nora siempre cumplía con las normas pero cuando yo la tentaba, se dejaba llevar, no era estricta, ni reprimida y sabía divertirse. Salíamos, bailamos, disfrutamos, jugamos, compartimos muchos momentos y nos dimos cuenta de la suerte de habernos cruzado aquel día.  Éramos la envidia de todas nuestras amigas.  La pareja ideal. Teníamos la relación que todas buscaban. Unidas pero sin agobios, respetando los espacios de cada una, sin celos, sin malos rollos.  Con ella, todo era fácil.

Al cabo de unos meses, pasado casi un año, decidimos irnos a vivir juntas. Alquilamos un piso en Barcelona y seguimos nuestra historia de amor cotidiano y estable. Un amor normal, sin complicaciones, sin problemas. Una relación que fluía.

La vida en pareja no resultó costosa para ninguna de las dos que nos supimos adaptar a la nueva situación. Yo compaginaba las sesiones de masajista profesional, con la escritura de mi segunda novela. Nora daba clases de catalán por las mañanas y estudiaba un máster por las tardes. Teníamos una vida sin grandes lujos. No necesitábamos más.

Un día, una antigua amiga, por llamarla de algún modo, contactó conmigo, al ver mi anuncio de masajes.  A Amalia la conocí tan solo unos meses antes que a Nora. Desde el primer momento, entre Amalia y yo surgió una gran atracción.    Nos conocimos un miércoles en una cita a ciegas. El viernes nos fuimos a bailar y aquella misma noche nos besamos apasionadamente. Volvimos a quedar aquella misma semana, un domingo por la noche y se repitió la escena, comiéndonos la boca en la pista de baile.  No podíamos resistirnos. Al mirarnos salían chispas. Nos despedimos aquella noche con la intención de volvernos a ver unos días más tarde.    Nunca volví a verla.    Intenté durante meses volver a quedar con ella pero nunca era buen momento.  Amalia siempre tenía otros planes.     Al final, dejé de insistir, aceptando que ella no quería saber nada más de mi. Acabé por aceptar que aquello sólo había sido un rollo para ella y que no tenía la más mínima intención de conocernos y empezar algo más.

Al recibir el mensaje de Amalia no supe cómo reaccionar, cómo tomármelo, después de tanto tiempo sin saber nada de ella.  Nora sabía lo que había sucedido entre nosotras. Quizá por eso, no le conté que la sesión de masaje que tenía reservada para aquella tarde era con ella.

Cuando llegué a casa de Amalia me habló como si nada, como si no hubiese pasado un año desde la última vez que nos habíamos visto. No me dijo porqué nunca quiso volver a quedar conmigo. Tampoco le pregunté. En realidad, hablamos poco. Nos miramos y sonreímos y sentí la misma atracción que me había cautivado el primer día. Le propuse darle el masaje allí mismo, sentadas en su sofá.  Lo habitual es que el cliente se tumbe en la cama, donde está más cómodo y puede quitarse la parte de arriba, con la espalda desnuda.    Dado nuestro historial y la atracción que había sentido, decidí que sería mejor que no se quitara la ropa.    Ella accedió.

Empecé el masaje y ella empezó a gemir placenteramente. Sentí que un calor me recorría todo el cuerpo y tomaba el control sobre mi mente, apoderándose de mi.            Mi pensamiento se esfumó por completo. Solo existía aquel momento, aquel lugar. Sólo existíamos ella y yo.    Nuestros cuerpos vibrantes se movían buscándose.

Acerqué mis labios a su cuello y la besé por detrás, su nuca y parte posterior de la oreja. Amalia gimió de nuevo más fuerte y se giró. Me acarició el muslo y me besó en la boca. Sentí una explosión, un torbellino dentro de mí, un arrebato apasionado.   Nos besamos apasionadamente, como aquella primera vez.   Nos acariciamos todo el cuerpo, metiéndonos mano bajo de la ropa.   Paramos un segundo y, entonces, mi mente despertó. Volví a la realidad y recordé a Nora. Me levanté, me aparté de Amalia y le dije que no podía seguir, que tenía pareja y que no podía hacerle eso, a ella no. Estábamos bien juntas, nos queríamos, no podía estropearlo haciéndole daño así.

– ¿Por qué has venido? ¿Por qué me has besado, entonces? ¿Por qué sigues mirándome con deseo?

No supe responder. No podía entender porqué me estaba pasando aquello.  Quería empujarla contra la pared, besarla una vez más y hacerle el amor allí mismo

– Tengo que ir a decírselo – le dije.

Logré marcharme de su casa sin que pasara nada más, sin decir nada más y pensando únicamente en contarle a Nora lo que acababa de ocurrir, sin pararme a pensar cómo reaccionaría ella.

Cuando llegué a casa, estaba en la cocina.

– Estoy preparándote la cena.

Me acerqué a ella, la atraje hacia mí y la besé con ímpetu. Ella sonrió con una mirada extrañada.

– ¿Qué mosca te ha picado? Vienes muy cariñosa, más de lo normal. Que conste que no me quejo.

– Te quiero.

– ¿Te pasa algo cariño? Te noto rara.

– Te quiero y esta tarde me ha pasado algo que aun no entiendo cómo puede ser.

Le conté todo. Le dije que el masaje lo había contratado Amalia. Que había sentido atracción al verla. Que fui yo la que empezó, la que la besó en el cuello primero y que ella se giró y nos besamos.

– Te quiero Nora y no entiendo porqué me ha pasado ésto. No te mereces que te haga daño. Eres tan buena, eres perfecta y tú jamás harías nada parecido, y me detesto por haberlo hecho. Tienes todo el derecho a enfadarte, gritarme, pegarme.  No puedo pedirte que me perdones porque no sería justo para ti que lo hicieses, aunque sé que tu corazón es tan grande, que eres capaz de perdonar algo tan horrible como lo que he hecho esta tarde.    Tienes que saber que Amalia no significa nada para mí, no siento nada por ella. Lo único que ha habido es un arrebato sexual que no he podido refrenar, me ha poseído.

Nora se quedó callada, sin poder mirarme. Lloró en silencio durante horas, con la mirada perdida como si estuviese en shock. Yo estuve sentada junto a ella, observándola, sabiendo que había dañado profundamente a la mejor persona que jamás había conocido y a la que realmente amaba. Había roto todo lo que habíamos construido juntas con un solo beso.   Un beso que aun deseaba repetir y sentía auténtica repugnancia por mí misma por ello.

Una vez acabaron de resbalar las lágrimas por su dulce cara, Nora se levantó, me miró con tristeza y pena y, sin decir nada, se giró para marcharse. Yo la paré.

– Dime algo, por favor.

– Lo siento profundamente. Eres la mujer a la que amo, con la que quiero pasar el resto de mi vida y ni siquiera todo el dolor y el daño que me has causado puede cambiar eso. Siento que todo acabe. No puedo hacer nada, no puedo competir con ese tipo de atracción sexual irrefrenable. No puedo pedirte que la reprimas por mi. Yo no puedo hacer nada y tú tampoco.  Mi única opción es marcharme.

Así fue como rompí el único y verdadero amor, con la única mujer a la que amé y me amó siempre, por un solo beso de pura pasión con la única mujer que, con una sola mirada, pudo hacerme excitar y sucumbir al puro deseo.

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