¡Para!

Rara. Acelerada.  Perdida. Deambulaba.

Con la sensación de mucho que hacer y sin recordar el qué.

Con las ganas de parar, relajarme y desconectar la mente, las pantallas y las redes.

Ambición. Ansia. Seguidores. Ventas.  Comentarios y estrellas de Amazon. Reseñas. Visibilidad, compartir. “Me gusta”.  Más.

¿Cuánto más quiero?

¿Dónde está el freno?

Escribir.

¿Cuándo escribo? ¿Cuándo vuelvo a ser yo? ¿Cuándo respiro? ¿Cuándo camino sin ir a ningún lugar? ¿Cuándo me bajo del tren de alta velocidad? ¿Cuándo cruzo la meta? ¿Cuándo llego al final?

Busco el momento y el lugar. Silencio. Miro al cielo.

Absorbida por un mundo virtual.  Sopla viento y las nubes encapotan mi techo.

No.

Respiro.  Escucho más allá de la música, más allá del ruido y, a lo lejos, oigo.

Me lanzo, ya sin pensar.

Y, entonces, siento la melodía fluyendo desde mis entrañas hasta brotarme nuevos versos. Gota a gota de entre los dedos. Acariciándome. Diciéndome: ya estás aquí, ya has llegado. No te preocupes, ya has vuelto.

Mi cuerpo se relaja.  Sonrío y veo azul el cielo, como si fuera nuevo.

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